Hola Lectores:
Si queréis publicar algo en mí blog para que lo vean los demás, enviármelo al e-mail:
alberto.zambade@hotmail.com y en breve será publicado.
Saludos del Dardo
---------------------------------------------------------------
Hace bastante tiempo que me rondaba la idea de escribir una anécdota curiosa que me ocurrió cuando era muy joven. La cual, curiosa la cosa o no, fue la partícipe de mis primeros comienzos como escritor novel, novelísimo, del primer libro que ando intentando terminar y que llevará por titulo “El Sentido de las Palabras”. Algunos y algunas ya conocéis algo más de mi pasado, bien por el breve meme que os escribí hace unos días en mi blog, bien porque os he contado en algún que otro comentario alguna anécdota curiosa. Algunas y algunos ya saben a qué anécdota me refiero (Risas).
La cuestión de mi anécdota, que es la que dará comienzo a mi breve recopilación de relatos, es la siguiente:
----------------------------------------------------------------
El Sentido de las Palabras.

De pequeño tuve problemas con las palabras. Sí, grandes problemas. Ahora que tengo gafas no me pasan. Pero antes era horrible y las llegué a coger mucha manía, a las palabras claro. Con lo cual un buen día me levanté con la idea de que jamás volvería a leer un libro. Y no lo iba a hacer porque sencillamente se me cruzaban las palabras al intentar leer de seguido una frase completa. Pensé que las palabras jugaban conmigo y se reían de mí. Por aquel entonces tuve un profesor que daba unas clases de lenguaje estupendas. Él fue el que me dijo, “Alberto. Tienes que aprender a leer despacio así podrás rescatar a las palabras que se esconden en el texto.” Y así lo hice. Al principio me iba muy bien. Y cuando había que leer un libro en clase, el primero en apuntarse a la lista de lectura voluntaria era yo. Pero siempre me dejaban para el final. Los compañeros de clase me decían que era tan lento leyendo que las palabras se aburrían de esperar a que las encontrase y las nombrase por su nombre y al final acababan por marcharse. Así que volví a estar como al principio o peor. Fue entonces cuando definitivamente después de haberlo intentado con la ayuda de mi profesor de lenguaje, dejé por completo la lectura y me convertí en un cazapalabras.
Mi padre, nada más enterarse de mi nefasta decisión, se disgustó bastante conmigo y fue duro en sus consejos.
-Tienes que seguir estudiando y leyendo, Alberto. O nunca conseguirás nada en esta vida.
Yo simplemente me dediqué a asumir con la mirada puesta en el suelo las duras réplicas de mi padre me recitaba una u otra vez. Hoy en día tan beneficiosas, algo que le agradezco de siempre.
Pero estaba decidido y aunque supiera que lo que estaba haciendo no estaba nada bien, seguí mi tozudo camino. Me dejaron de interesar por completo los volúmenes oscuros de la enciclopedia de mi padre que tenía colocada en la estantería del mueble de madera del salón, y entonces él aseguró que el día menos pensado, si persistía en no leer por más tiempo, los libros saldrían volando de casa, como pájaros, y nos quedaríamos todos sin palabras.
Aquello me asustó muchísimo. Algunas noches, al meterme en la cama, intentaba imaginar un mundo sin palabras, tenía enormes pesadillas; suponía que habíamos comenzado a perderlas por orden alfabético, y que de la A sólo nos quedaban de Asesino en adelante, así que no teníamos ni Aíre ni Abejas ni Abogados ni Abreviaturas ni Aceros ni Aceites ni Ancianos. Perder los aceites a mi madre le supuso dejar de cocinar y de preparar desayunos andaluces e incluso olvidarse de aliñar las ensaladas. A mi me daba lo mismo, porque nunca comía ensalada; lo malo es que también habíamos perdido a nuestro abuelo, por el echo de que la palabra Anciano y Abuelo ya no existían en el abecedario. Aquello se me estaba yendo de las manos, perderle supondría un duro golpe para toda la familia. Lo peor es que también habíamos perdido el Alumbrado, las Algas y los Alpes, además de Argentina y América. Una catástrofe sin precedentes que lo había ocasionado mi tozuda decisión, al negarme leer más libros el resto de mi vida, cuyo máximo responsable era yo.
Si me dormía con estas imágenes, despertaba al poco huyendo de la pesadilla de haberme quedado mudo, que en el sueño constituía la forma más perturbadora de estar ciego. Así que empecé a vigilar a la enciclopedia y el resto de los libros de la casa como si fueran enemigos. Y ellos, desde su opacidad, me acechaban también con algo de rencor, culpándome por anticipado de aquel desastre ecológico comparable al de la desaparición de todas las variedades zoológicas. De manera que, cuando me hablaban de catástrofes o de especies en extinción, ya no pensaba en los lagartos, en los osos panda, ni en los búfalos, sino en palabras. Escogía una cualquiera, escalón, por ejemplo, y comenzaba a darle vueltas a la posibilidad de que desapareciera. Repasaba mentalmente los lugares a los que no podría subir, ni de los que podría bajar el resto de mi vida, y comenzaba a sudar y a ponerme pálido de miedo.
Mi madre, después de preguntarme unas cuantas veces que me ocurría sin que yo consiguiera inventarme nada para darle una contestación lógica, acabó llevándome al médico que me examinó de arriba abajo sin encontrar justificación a aquellos repentinos estados de malestar.
El médico después de inspeccionarme me recetó unas vitaminas, ignorando que esa palabra, vitamina, tenía los días contados y que era más difícil de encontrar que Waly.
Volvimos a casa en autobús, sentados el uno frente al otro. Mamá no dejaba de observarme con desconfianza, como si supiera que ocultaba un secreto que me hacía daño. Entonces imaginé que desaparecía la palabra madre y comencé a transpirar mientras me demudaba sin remedio. Ella se alarmó un poco y sugirió que bajáramos del autobús para regresar a casa andando, para ver si con el aire mi gesto cambiaba, pero no era posible bajar de ningún sitio porque habíamos pedido la palabra “escalón” y todas las de su familia, de manera que el autobús se había quedado sin escalón de bajada. En otro momento habríamos saltado directamente, sin pensar, pero comprobé que también “saltar” y toda su familia se había extinguido; tendríamos que pasar el resto de nuestras vidas dentro de aquel sucio y apretado vehículo, rodeados de personas que no conocíamos y de sus miradas indecisas, que no formulaban nada en claro más que preguntas sin respuestas. La visita al médico no había sino empeorado más las cosas. Mi padre, entre tanto, seguía utilizando la enciclopedia como transporte para viajar a lugares que nosotros no podíamos imaginar. A veces volvía de aquellos curiosos viajes con barba de tres días y algo cansado, como si hubiera permanecido de verdad en algún país extranjero. Y en vez de regalos, como los demás padres que viajaban a lugares extraños, nos traía términos. Un día regresó de la enciclopedia a la hora de comer y entre plato y plato nos enseñó mimetismo para demostrar que entre los animales, como entre los hombres, también había individuos a los que les gustaba aparentar lo que no eran. A mí me tranquilizaba el hecho de que fuera y viniera de la enciclopedia con aquella frecuencia, porque pensaba que era una forma de que las cosas se mantuvieran en su sitio y de que hubiera vitaminas y madres y escaleras y abogados y abuelos. Y alumbrado, porque sin alumbrado estábamos perdidos. Pero no entendía bien por qué, siendo la enciclopedia un modelo de organización, la realidad no se ajustaba siempre al orden alfabético. El uno, por poneros un ejemplo, iba antes del dos aunque la U era una de las últimas letras del abecedario. Además, Desayunábamos antes de Comer y Comíamos antes de Cenar, cuando en una progresión alfabética se debería comenzar el día con la Cena para continuar con la Comida y acabar la jornada con un buen Desayuno.

Al final decidí, una noche de aquel verano de luna llena, mientras estaba sentado en mi terraza al fresco, que sería espantoso apartar de nuestra vida todos estos signos que nos describen, que dan sentido a nuestra vida y que nos entretienen en nuestros ratos libres. Me di cuenta de la tragedia que había ocasionado en mi imaginación y que podría llegar a ocurrir si todos hiciéramos los mismo con las palabras. Así que, sin que me viera mi padre, o al menos eso creí de pequeño, me levanté de donde estaba y me acerqué muy despacio hasta la estantería de madera del salón donde mi padre guardaba la enciclopedia de 21 volúmenes; cogí uno de aquellos volúmenes y me lancé de lleno a descubrir aquel maravilloso mundo repleto de letras, que llevaba y traía a mi padre de aquellas tierras enigmáticas que nos relataba y presumía de descubrir cada cierto tiempo, en donde encontré a mi abuelo de nuevo y lo rescaté. No sólo a él a todas las palabras que habían desaparecido en mi imaginación. Si algo tengo que confesar es que después de descubrir aquel mundo de signos sentí una maravillosa sensación de libertad, no sólo porque había salvado a todas aquellas palabras que habían desaparecido del mundo de las letras, sino porque el mundo de las letras que había creado en mi imaginación logré liberarlo del sinsentido que lo envolvía para volverlo a instalar en la realidad lógica literal de las cosas que vemos y aprendimos cuando éramos unos niños. Las palabras las volví a ver reunidas como siempre, dando sentido a las cosas que nos envuelven. Y me sentí bien, además, porque mi “Yo” personal desde entonces había crecido.
Y es que esta falta de acuerdo permanente entre el mundo enciclopédico y la existencia real constituyó una de las preocupaciones más fuertes de mi infancia. Tanto que desde entonces no he dejado de leer para seguir descubriendo “El Sentido de las Palabras”.
Alberto Zambade
Todos los derechos reservados de Copyright 2007
-----------------------------------------------------------------------
Felices vacaciones, amigos y amigas, y nos vemos a la vuelta